Terapia dirigidas

Las terapias dirigidas son pensadas en concentrarse sólo en las células de cáncer al limitar daño al rodear células normales. Las terapias convencionales del cáncer pueden distinguirse entre células cancerosas y células sanas. Estos efectos secundarios pueden ser severos, reduciendo apreciablemente la calidad de vida del paciente y ceder en su capacidad de continuar con el tratamiento. La intención de las terapias dirigidas es de aumentar la eficacia de terapia de cáncer y reducir los efectos secundarios negativos a menudo asociados con tratamientos de cuerpo-entero como quimioterapia y radioterapia.

Las terapias dirigidas contra el cáncer interfieren de diversas formas con la división (proliferación) y diseminación de las células cancerosas. Muchas de estas terapias se concentran en proteínas asociadas con las vías de señalación celular, las cuales forman un sistema complejo de comunicación que rige las actividades y funciones básicas de la célula, tales como la división celular, el movimiento de las células, cómo una célula reacciona a estímulos externos específicos y hasta su muerte. Al bloquear las señales que comunican a las células cancerosas que crezcan y se dividan sin control, las terapias dirigidas contra el cáncer pueden detener el avance de esta enfermedad e inducir la muerte de esas células por medio de un proceso que se llama apoptosis. Otras terapias dirigidas pueden causar directamente la muerte de células cancerosas al inducir específicamente la apoptosis o, en forma indirecta, al estimular al sistema inmunitario para que reconozca y destruya células cancerosas o al depositar en ellas sustancias tóxicas.

Una vez que se identifica el blanco, se debe diseñar la terapia. La mayoría de las terapias dirigidas pueden ser fármacos de molécula pequeña o anticuerpos monoclonales. Típicamente los fármacos de molécula pequeña pueden difundirse en las células y pueden actuar sobre los blancos que se encuentran dentro de la célula. Por lo general, la mayoría de los anticuerpos monoclonales no pueden penetrar la membrana plasmática de la célula por lo que se dirigen a blancos que están en el exterior o en la superficie de las células.

Los candidatos para fármacos de moléculas pequeñas se identifican de ordinario en estudios de selección de fármacos; es decir, pruebas de laboratorio que examinan los efectos de miles de compuestos de prueba sobre blancos específicos, tal como el Bcr-Abl. Luego, los mejores candidatos son químicamente modificados para que produzcan numerosas versiones estrechamente relacionadas y, finalmente, son probados para identificar los fármacos más efectivos y específicos.

Por otro lado, los anticuerpos monoclonales son preparados primero mediante la inmunización de animales (típicamente ratones) con moléculas blanco purificadas. Los animales inmunizados producen muchos tipos diversos de anticuerpos contra dichos blancos. Luego, las células del bazo, cada una de las cuales produce sólo un tipo de anticuerpo, son extraídas del animal inmunizado y se fusionan con las células de mieloma. La clonación de estas células fusionadas resulta en una cultura de células que produce grandes cantidades de un sólo tipo de anticuerpo, o anticuerpo monoclonal. Dichos anticuerpos son probados para identificar los que reaccionan mejor con el blanco.

Antes de ser usados en seres humanos, los anticuerpos monoclonales son “humanizados” al remplazar lo más posible de la porción no humana de la molécula con porciones humanas. Esto se logra por medio de ingeniería genética. Este proceso de humanización es necesario para evitar que el sistema inmunitario humano identifique al anticuerpo monoclonal como “forastero” y lo destruya antes de que pueda interactuar con su molécula blanco y la haga inactiva.

Las terapias dirigidas contra el cáncer ofrecen a los médicos una mejor forma de adaptar el tratamiento del cáncer, especialmente cuando un blanco está presente en algunos pero no en todos los tumores de un tipo determinado, como en el caso del HER-2. Eventualmente, los tratamientos pueden individualizarse en base al conjunto único de blancos moleculares producidos por el tumor del paciente. Las terapias dirigidas contra el cáncer ofrecen también la promesa de distinguir con más precisión las células cancerosas de las células normales. De este modo se dañan menos células normales, se reducen los efectos secundarios y se mejora la calidad de vida.

Sin embargo, las terapias dirigidas muestran ciertas limitaciones. La limitación principal es la posibilidad de que las células se hagan resistentes a estas terapias. Por ejemplo, algunos pacientes que se han hecho resistentes al imatinib presentan una mutación del gen BCR-ABL que cambia la configuración de la proteína, de tal modo que el fármaco ya no se une tan bien. En la mayoría de los casos, no hay disponible otra terapia dirigida que pueda vencer dicha resistencia. Es por esto que las terapias dirigidas pueden funcionar mejor en combinación, ya sea con otras terapias dirigidas o con tratamientos más tradicionales.

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